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UN DON INESTIMABLE: LA EUCARISTÍA

La Eucaristía, dice el Catecismo de la Iglesia Católica (1324), es “fuente y cima de toda la vida cristiana”. Y continúa diciendo, “Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan.” Los obispos de los Estados Unidos han convocado a una renovación Eucarística nacional, “una renovación de base popular de la devoción y la fe en la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía, de tres años de duración”. ¿Cómo se vería esta renovación en nuestra vida diaria? Pensemos en Carlo Acutis, quien después de recibir la primera Comunión a los 7 años de edad, comenzó a comulgar diariamente. Carlo sabía que la Eucaristía tiene un poder inestimable. Escribió una vez: “Cuando nos exponemos al sol, nos bronceamos...cuando nos detenemos delante de Jesús en la Eucaristía, nos hacemos santos”. ¿Qué pasaría si amáramos la Eucaristía como lo hizo Carlo Acutis? ¿Si tratáramos de hacer todo lo posible por comunicar a otros lo increíble que es este regalo que nos dejó el Señor? En las próximas semanas, con la ayuda de reflexiones escritas por el P. Patrick Mary Briscoe, OP, examinaremos y redescubriremos las maravillas de la Eucaristía, para que, alimentados con este Pan del Cielo, nos parezcamos cada vez más a nuestro Señor presente en este sacramento.
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Necesitamos nuevos catequistas

Necesitamos nuevos catequistas

Necesitamos nuevos catequistas, preferiblemente bilingües, para el programa de catequesis. Ayúdenos a compartir la fe con nuestros niños. Si le gustaría ayudarnos, llame a la oficina.
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Hablan los Papas

Benedicto XVI Homilía por la solemnidad de San Pedro y San Pablo, 2007 Según todos los evangelistas, la confesión de Simón sucedió en un momento decisivo de la vida de Jesús, cuando, después de la predicación en Galilea, se dirige decididamente a Jerusalén para cumplir, con la muerte en la cruz y la resurrección, su misión salvífica. Los discípulos se ven implicados en esta decisión: Jesús los invita a hacer una opción que los llevará a distinguirse de la multitud, para convertirse en la comunidad de los creyentes en él, en su "familia", el inicio de la Iglesia. Hay dos modos de "ver" y de "conocer" a Jesús: uno, el de la multitud, más superficial; el otro, el de los discípulos, más penetrante y auténtico. Con la doble pregunta: "¿Qué dice la gente?", "¿qué decís vosotros de mí?, Jesús invita a los discípulos a tomar conciencia de esta perspectiva diversa. La gente piensa que Jesús es un profeta. Esto no es falso, pero no basta; es inadecuado. En efecto, hay que ir hasta el fondo; es preciso reconocer la singularidad de la persona de Jesús de Nazaret, su novedad. Consideremos, en particular, el texto de san Mateo, recogido en la liturgia de hoy. Según algunos estudiosos, la fórmula que aparece en él presupone el contexto post-pascual e incluso estaría vinculada a una aparición personal de Jesús resucitado a san Pedro; una aparición análoga a la que tuvo san Pablo en el camino de Damasco. En realidad, el encargo conferido por el Señor a san Pedro está arraigado en la relación personal que el Jesús histórico tuvo con el pescador Simón, desde el primer encuentro con él, cuando le dijo: "Tú eres Simón, (...) te llamarás Cefas (que quiere decir Piedra)" (Jn 1, 42). Lo subraya el evangelista san Juan, también él pescador y socio, con su hermano Santiago, de los dos hermanos Simón y Andrés. El Jesús que después de la resurrección llamó a Saulo es el mismo que —aún inmerso en la historia— se acercó, después del bautismo en el Jordán, a los cuatro hermanos pescadores, entonces discípulos del Bautista (cf. Jn 1, 35-42). Fue a buscarlos a la orilla del lago de Galilea y los invitó a seguirlo para ser "pescadores de hombres" (cf. Mc 1, 16-20).
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Se harán reparaciones a la iglesia

Se harán reparaciones a la iglesia

Se harán reparaciones a la iglesia durante los próximos dos meses. A partir del 11 de julio, todas las misas, tanto del domingo como las de la semana, tendrán lugar en el salón parroquial.
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LA PROCESIÓN DE ENTRADA

Todas las partes de la misa son importantes, y esta comienza con la procesión de entrada. Con el sacerdote y los ministros nos acercamos “al altar de Dios, al Dios, gozo de mi vida” (Salmo 43,4). Nos ponemos de pie con respeto y al hacerlo es como si estuviésemos entrando al cielo.
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Hablan los Papas

San Juan Pablo II Encíclica Ecclesia de Eucharistia, N.os 5, 6, 11 «Mysterium fidei! – ¡Misterio de la fe!». Cuando el sacerdote pronuncia o canta estas palabras, los presentes aclaman: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!». Con éstas o parecidas palabras, la Iglesia, a la vez que se refiere a Cristo en el misterio de su Pasión, revela también su propio misterio: Ecclesia de Eucharistia. Si con el don del Espíritu Santo en Pentecostés la Iglesia nace y se encamina por las vías del mundo, un momento decisivo de su formación es ciertamente la institución de la Eucaristía en el Cenáculo… En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, «misterio de luz». Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: «Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24, 31). «El Señor Jesús, la noche en que fue entregado» (1 Co 11, 23), instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre… En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos. La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación.
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