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Cuarto Domingo de Cuaresma

MIENTRAS ESTOY EN EL MUNDO, SOY LA LUZ DEL MUNDO (JN 9,5).

Todos hemos sentido miedo a la oscuridad en algún momento. No poder ver lo que está a nuestro alrededor nos hace sentir incómodos, como mínimo. Imaginemos, pues, lo que es vivir en una oscuridad perpetua, no haber visto nunca la luz.

Los apóstoles —con la mentalidad de su tiempo—, preguntan quién pecó, si el hombre o sus padres, para que naciera ciego (cf Jn 9,2). Jesús responde que ninguno de ellos; más bien “ha sucedido así para que se muestre en él la obra de Dios” (9,3). Los planes de Dios se nos ocultan muchas veces. Nosotros, que tendemos a decir “¿qué he hecho para que me pase esto?”, debemos tener en cuenta la respuesta de Jesús.

El problema del ciego de nacimiento era físico. Pero nosotros también vivimos en la oscuridad del pecado. Es hora de dejar que la luz de Dios brille en nuestras vidas: Jesús, que es la Luz del mundo. El ciego obedeció al Señor, fue, se lavó y recuperó la vista. Esta Cuaresma, vayamos a lavar nuestros pecados en el Sacramento de la Reconciliación, para que recobremos nuestra visión espiritual. Que Dios los bendiga.