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Domingo 22º del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

QUE SE NIEGUE A SÍ MISMO, CARGUE CON SU CRUZ Y ME SIGA (MT 16,24).

Y ahora Jesús advierte a los discípulos sobre lo que le espera en Jerusalén: el sufrimiento y la muerte, sí, pero al fin la resurrección. La reacción de Pedro es comprensible por dos motivos. Por un lado no quiere ver que su amado Maestro tenga que sufrir. Pero en un tono más egoísta se pregunta cómo podrá ser él la roca en la que se edificará la Iglesia si el Maestro es rechazado.

Nuestras ambiciones personales, las preocupaciones mundanas hacen que nos opongamos al plan que Dios tiene para nosotros. Tenemos que negarnos constantemente a nosotros mismos para seguir al Señor. La cruz está siempre presente y tenemos que estar dispuestos a llevarla, porque no vale de nada ganar todo el mundo si perdemos nuestras almas (cf Mt 16,26).

Si, como Jeremías, somos objeto de insulto y burla constantes (Jer 20,8), escuchemos con atención la advertencia de san Pablo y “no se acomoden a este mundo, sino transfórmense” (Rom 12,2). ¿Cómo? ¡Aceptando la cruz! Pidamos hoy la gracia de poder ofrecernos “como sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios” (Rom 12,1). Que Dios los bendiga.