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Segundo Domingo de Cuaresma (Ciclo B)

JESÚS SE LOS LLEVÓ APARTE A UNA MONTAÑA ELEVADA (MC 9,2).

Pedro, Santiago y Juan tienen una visión privilegiada en el monte. Tal vez Jesús los escoge como testigos de Su transfiguración porque son los que más necesitan algo que les dé ánimo. Allí les muestra Su gloria, y —por si hay alguna duda— aparecen Moisés y Elías conversando con Él. “Maestro, ¡qué bien se está aquí!”, dice Pedro (Mc 9,5), y el evangelista añade: “no sabía lo que decía, porque estaban llenos de miedo” (9,6).

También nosotros preferimos muchas veces quedarnos en la montaña, bien porque nos da miedo pensar en lo que encontraremos al bajar, o porque nos consuela estar en la compañía del Señor. Pero nos toca bajar. La voz que salió de la nube proclama: “Este es mi Hijo querido. Escúchenlo” (9,7). Y ¿qué es lo que dice el Hijo que tenemos que escuchar? “Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos” (Mt 28, 19).

La visión no es solo para dar consuelo, sino para encargar una misión. En otros cuarenta días, como dice la tradición, será Viernes Santo. Lo llamamos Santo porque es el día en que el Señor nos salvó por medio de la Cruz. Pero la Cruz no es el fin; tres días más tarde el Señor resucitará triunfante del sepulcro para hacernos partícipes de Su gloria. Ese es el mensaje que debemos llevar a todos los pueblos. Que Dios los bendiga.