Scroll Top

Tercer Domingo de Cuaresma

ÉL TE DARÍA AGUA VIVA (JN 4,10).

¿Conocen el agua “muerta”? Probablemente, aunque nunca usamos ese término para nombrarla. Pero en algún momento habrán encontrado un charco en que el agua no se mueve, quieta y fangosa, no sirve para beber. Es como lo que nos ofrece el mundo, no es bueno para nosotros.

Lo que Jesús le ofrece a la samaritana —y a nosotros—, es agua viva, la que brota de lo más profundo de la misericordia de Dios, del propio sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nosotros en la cruz, del cual brotó sangre y agua (cf Jn 19,34).

¿De qué tenemos sed? Benedicto XVI, en su Jesús de Nazaret, nos recuerda que “el hombre tiene una sed mucho mayor aún, una sed que va más allá del agua del pozo, pues busca una vida que sobrepase el ámbito de lo biológico”. Tenemos sed del Infinito, del Dios que nos creó. Como dice san Agustín: “nos hiciste para Ti, y nuestras almas están inquietas hasta que descansen en Ti”.

Esta Cuaresma pidámosle a Jesús que nos dé esa agua viva, y entonces llevémosla a los otros, para que nadie vuelva a tener sed. Que Dios los bendiga.