Una reflexión dominical

Domingo 20º del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

Todos deseamos la paz. Escuchar las noticias diarias es sobrecogedor, pues tal parece que no hubiese ningún lugar del mundo donde no haya violencia o conflicto.

Si Jesús es el Príncipe de paz, ¿cómo, entonces, interpretar lo que nos dice el evangelio de hoy? “No he venido a traer paz sino división” (Lc 12,51). Y añade que esta división la encontraremos entre los miembros de nuestra propia familia. División, porque tenemos que ponerlo a Él primero; porque no todos están dispuestos a seguirlo, no todos están dispuestos a recibir ese fuego ardiente que ha venido a traer a la tierra (12,49).

La densa nube de testigos de que nos habla la Carta a los Hebreos (12,1) son aquellos que aceptaron el fuego de Cristo, recibieron el bautismo con que Él fue bautizado y, a pesar de que esto pudo ser causa de división, pusieron a Jesús primero y no dejaron de amar.

Pidamos hoy la gracia de amar a aquellos que no piensan como nosotros para que nuestro testimonio sea fecundo. Que Dios los bendiga.


P. Luis R. Largaespada

Noticias

Por la parroquia

¡Muchas bendiciones, Sebastián!
Te extrañaremos, y rogamos que el Señor te haga un sacerdote santo. ¡No dejes de visitarnos!

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Domingo, 12:30 pm

La comunión de los santos

LA IGLESIA ES SANTA, es decir, separada para Dios. El credo la llama “la comunión de los santos”. Santos no es lo contrario de pecadores; más bien son pecadores salvados.

Todos los cristianos son “santos” en virtud de su bautismo. No somos santos por nada que hayamos hecho o aprendido, sino porque Dios mismo habita en nosotros. Somos santos por ser templos del Espíritu Santo. Dios mismo nos ha separado para sí, no por nada que hayamos hecho nosotros.

La santidad es, sencillamente, nuestra vocación común como cristianos. Nosotros, los santos en la tierra, estamos unidos a los que San Pablo llama “santos en la luz” (Col 1,12), lo que devoción católica ha llamado tradicionalmente la “Iglesia militante” y la “Iglesia triunfante”.

A los santos en la tierra, que comparten nuestra llamada, les damos nuestro amor. A los santos en la luz les damos honor especial, nuestra veneración. Esta veneración es como el respeto profundo que damos a nuestros padres y abuelos. Y en la misma forma que les pedimos a estos que recen por nosotros, también debemos, sin vacilaciones, pedir a nuestros “padres en la fe” que oren por nosotros.

Los santos en la gloria han sido parte de la familia de la Iglesia desde sus comienzos, y constantemente clamamos a ellos, pidiendo: “rueguen por nosotros”.

Adaptado de los libros de Scott Hahn, Signs of Life (New York: Doubleday, 2009), y Peter Kreeft, Fundamentals of the Faith (San Francisco: Ignatius Press, 1998). Original en inglés. Con permiso.

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