Jesús puede no necesitar nuestra adoración, pero la pidió

Jesús puede no necesitar nuestra adoración, pero la pidió

Mi vida, que iba deshaciéndose fuera de la Iglesia, volvió a enfocarse durante un encuentro fortuito con la adoración eucarística. Iba manejando con las ventanillas abiertas cuando escuché las campanas sonar al pasar frente a una iglesia. Obedecí a un impulso y paré, pensando tal vez encender alguna velita. Cuando entré en la iglesia, vi el altar iluminado por las velas y la custodia resplandeciente con el Santísimo Sacramento. “Aquí hay adoración”, pensé con un júbilo que ardía en mi corazón. Me arodillé ante esa Presencia y adoré simple y calladamente por lo que, según mis cálculos, fueron cinco minutos. Cuando me levanté y miré el reloj, había transcurrido una hora. Y yo volví a ser católica, con el deseo de ir a confesarme y participar en la vida de la Iglesia.

Jesús puede no haber necesitado mi adoración, pero yo sí necesitaba el consuelo y la instrucción que son inherentes a su Presencia, y su Luz, aquel día y semanalmente desde entonces. Bueno, tal vez Él no la necesitaba, pero la pidió—“¿No han podido velar una hora conmigo?” (Mt 26,40)—lo cual sugiere que de algún modo Él desea nuestra compañía callada y silenciosa.

En 2016 el Papa Francisco, quien públicamente se acerca a la confesión para animar a los fieles a la observación de esta práctica, identificó la adoración eucarística como una de las tres maneras de llegar a conocer mejor a Cristo:
“No se conoce al Señor sin esta costumbre de adorar, de adorar en silencio. Adorar. Creo—si no me equivoco—que esta oración de adoración es la menos conocida por nosotros, es la que hacemos menos. Perder el tiempo—me permito decir—ante el Señor, ante el misterio de Jesucristo. Adorar. Y allí en silencio, el silencio de la adoración. Él es el Señor y yo lo adoro”.

Elizabeth Scalia, Jesus may not need our adoration, but He asked for it
Sacado de Word on Fire, 10 de octubre, 2019